No se quien lo inventó, pero el que haya sido es un genio.
Dudo que exista un dicho que represente mejor a la mentalidad uruguaya. Es más, estas palabras deberían formar parte de nuestro himno nacional, junto con “es lo que hay, valor”.
¿Por qué salí con esto? Porque acabo de regresar de una exposición que se realizó en el lugar donde laburo y quedé indignada.
No porque la exposición estuviese mal hecha, nada que ver. Estoy indignada porque no puede ser que gente que supuestamente tiene cierto nivel económico y cultural, se desespere por agarrar lo que venga solo porque es gratis.
Es obvio que el “de arriba un rayo” no respeta estrato social ni académico. Se mete donde sea y como sea, instalándose cual parásito dentro de la siquis de cada individuo que, perdiendo todo raciocinio, comete actos estúpidos como soportar la penurias bíblicas en pos de un block de hojas recicladas obsequiado por una sociedad médica.
Así es que en este tipo de eventos ya no es extraño ver colas de gente amontonada al rayo del sol desesperadas por agarrar un rollo de cinta adhesiva, un alfajor de nieve, tres caramelos, un llavero de goma o un almanaque aunque sea del año pasado.
El tema no es el objeto, el tema es que es GRATIS.
Que importa si tengo una Mont Blanc en la cartera… yo quiero ESA lapicera de plástico blanco que dice “Remises Manolo”, que importa si soy alérgica a los cítricos y me broto a los cinco segundos… yo igual quiero probar ESE jugo de naranja, que como viene de arriba capaz que no me hace nada.
Y allá salen con cuatrocientos folletos que seguro jamás van a leer, gorritos que no le quedan bien a nadie, pegotines y varios objetos más que en total no superarán los 100 pesos de costo.
Pero ese es un detalle que el portador del virus “de arriba un rayo” es incapaz de registrar. Todo lo contrario, el afectado igual está contento porque considera que su día fue productivo.
Tal vez llegue el momento en donde las personas dejemos este hábito tan primario de pisotearnos por una muestra de acondicionador para cabellos secos.
Yo tengo esperanzas. Total, soñar es gratis.
Etiquetas: lo bueno es que hubo chupi abundante
Hoy de mañana llego a la oficina y veo que me había agregado al messenger y al google talk, y además me mandó un email a ambas casillas de correo con el subject “regalo”.
El tal regalo era un video de él haciéndose flor de paja, supuestamente pensando en mí. O sea que puedo decir que a los 38 tuve mi primer paja con dedicatoria comprobada.
Digo “comprobada” no porque yo haya probado algo, sino porque a pesar de que muchos confesaron haberse cascado gracias a mí, jamás tuve el registro que lo respaldase.
De todos modos, y a pesar del trabajo que se tomó en filmarse y eso, pienso que es un idiota (y estoy siendo generosa)
Hay que joderse mandar ese tipo de cosas a una total desconocida, a cara descubierta, y encima yo sabiendo su nombre completo gracias al face.
Igual, no soy tan bitch como para hacer eso, me limité a borrarlo de los chats y de mis amistades del face para evitar problemas (aunque si alguien quiere el video me puede mandar una módica suma por correo y se lo hago llegar jaja)
Me sorprendió un poco, porque creo que este blog jamás aportó un dato interesante y menos que le haya interesado al general de la gente.
En fin, la cosa es que les agradezco a todos los que aportaron su granito de arena para que yo haya sido ternada, no se hubieran molestado.
No, en serio no se hubieran molestado… porque fue al pedo. Es que comparto la terna con otros dos blogs recontra grossos que tienen como cuatro trillones de seguidores, así que voy frita de plano. Igual pueden ir a votar, aunque sea para perder con un poco de dignidad.
No importa. “Lo importante es competir”, como dijo Madonna cuando vió que Angelina Jolie se quedaba con el último camboyano lindo.
Pasemos a otro tema.
Loco, que “de menos” está salir de pirata con el pegotín de “Bebé a Bordo” en el auto. Si algún lector lo está haciendo, favor recapacite.

O sea, nosotras nos hacemos las boludas cuando nos dicen que no tienen celular porque están en contra de la tecnología capitalista, nos hacemos las repelotudas cuando vemos la marca blanca de la alianza que contrasta con el bronceado de resto de la mano, nos hacemos las caídas del catre cuando dicen que no tienen Facebook porque “no les va la exposición” y varios ejemplos más.
Pero el “Bebé a Bordo” es irremontable.
Y peor es querer arreglarla diciendo “lo puse por vos, bebé”.
Decirle “bebé” a una mujer es lo mas grasa que pueda existir. Y más si esa “bebé” está más cerca de los cuarenta que de los treinta.
Mirá, estoy segura que esto lo inventó una mujer para evitar que el marido le ponga las guampas. Porque, la verdad, hay que ser jodida para subirse a un auto con un pegotín de esos y que te duren las ganas de cogerte al conductor.
Es como apretar en el asiento trasero con la sillita al lado, o querer sacar los forros de la guantera y toparse con un chupete y una mamadera Babelito.
No esperen que digamos “aaaahhhhh”... porque no es para nada tierno.
Etiquetas: andá andá que parece que el nene tiene gases
Hace tiempo que tenía ganas de escribir un cuento. Y como trato de sacarme las ganas con casi todo, acá está.
Advierto que no tiene nada que ver con la tónica jodona de este blog, pero como no tengo otro espacio virtual, lo publico aquí.
El que quiera seguir leyendo, está advertido. Luego seguiremos con lo habitual... o no.
Ese día ella salió muy temprano.
Caminaba por la vereda desierta y pensaba: “noche cerrada a pesar de que son las 7 de la mañana… debí ponerme algo más abrigado… es que no pronosticaron tanto frío… pero que se puede esperar de los meteorólogos… si dicen que va a llover, seguro que viene un sol de novela y si dice que va a estar lind…”
Sus banalidades fueron interrumpidas por un brusco empujón que la llevó a la parte trasera de una camioneta sucia y oscura. El conductor, nervioso, le colocó una venda en los ojos, la amordazó fuerte con una cinta asquerosa y la ató lo mejor que pudo dada su nula experiencia en secuestros.
Todavía temblando, se sentó al volante y huyó rápidamente del lugar sin poder evitar un chirrido insoportable provocado por el torpe roce de los neumáticos arañando el asfalto. Por suerte, a pesar del ruido, ni una persona salió a ver que pasaba.
“O nadie me escuchó, o están muy ocupados pensando como justificar su propia indiferencia. Cualquiera sea el caso, mejor así” , se dijo mientras buscaba a la mujer por el espejo retrovisor.
Al comprobar que ella no se veía temerosa sino desafiante, trató de imitar a los secuestradores de las películas cuando quieren infundir respeto a sus víctimas.
“Ni se te ocurra querer escapar. Si te quedás quietita y sos obediente, la vas a pasar mejor. Y yo también”
Se sintió orgulloso de sí mismo al ver que la mujer obedecía sus órdenes, por lo que no hubo necesidad de romper el silencio durante las tres horas que duró el viaje. ¿O fueron tres horas y media? Imposible saberlo, ninguno de los dos tenía mucha noción de cuanto tiempo pasó hasta que la camioneta se detuvo, la puerta trasera se abrió y ella bajó del vehículo aceptando el brazo guía de su captor.
La brisa helada olía a barro fresco y todavía untuoso gracias a la lluvia de la noche anterior. Ella recordó su infancia en el campo de los tíos, cuando la ponían en penitencia por querer liberar a los cerdos que iban a matar para las fiestas. El chasquido del cinturón contra la espalda, las tardes que pasó castigada en el gallinero atestado de barro y mierda, el llanto del primo Raúl que la veía desde afuera sin poder hacer nada… un sinfín de diapositivas que se acomodaban una tras otra como piezas de dominó. Por un instante, asumió que pasó toda su vida rogando que nadie empujase la primera pieza, pues toda la estructura se derrumbaría sin remedio y estaría perdida.
“Soy estúpida sin dudas… venir a acordarme de mi infancia en un momento como éste”, masculló entre dientes.
Cuando entraron a la casucha destartalada y húmeda, él le sacó la venda de los ojos y la cinta de la boca.
“Ahora podés gritar todo lo que quieras. Que te sirva de desahogo, acá nadie te va a escuchar”, dijo él con voz ensayada.
Pero ella, muda, se sentó en el suelo resignada a lo que vendría.
No tuvo que esforzarse para poseerla todas las veces que se le antojó. Ella tenía una actitud lánguida, marchita, laxa.
A él no le gustó, hubiese preferido algo de resistencia. Tanta indolencia le parecía, de a ratos, espeluznante.
De todos modos, siguió haciendo lo mismo una y otra vez, intentando provocar una mueca de dolor, un insulto, una escupida en el rostro. Algo que le demostrase que invadiendo la carne también se invade el alma.
Pero no, ella seguía en su pose de dejarse hacer, hasta que él no pudo más de cansancio y de hambre.
Supuso que a su víctima le pasaba lo mismo, por lo que le quitó las cuerdas para que también pudiese tomar un poco de agua y comer alguna cosa.
Eso no iba a demostrar debilidad de su parte, después de todo él seguía siendo el amo de la escena.
Tampoco vio nada de malo en ofrecerse a acercarle agua a la boca, viendo que la mujer no podía agarrar el vaso con sus muñecas rotas por las cuerdas.
“¡Ya te tuviste que ablandar! ¿Ves que tengo razón? ¿Ves que sos un endeble? ¿Ves que no servís para nada? ¡Cobarde hijo de puta! ¡Poco hombre! ¡Guampudo, guampudo, guampudo!”
Ella no paraba de gritar. Era como un tren descarrilado, ensordecedor, implacable, vacío de cualquier remordimiento ante la destrucción que causaba a su paso.
En ese momento no le importaba nada, se sentía furiosa, desilusionada, traicionada y pensaba que no podía contar con nadie que cumpliese sus deseos.
No resistiendo un minuto más de caos, él sintió que tenía que parar la avalancha de flechas antes que alguna le hiriese de manera tal que no hubiese retorno.
Entonces, casi sin darse cuenta, agarró a su mujer por la cabeza y la tiró al suelo con una fuerza que desconocía que tenía.
“¡A quien le decís guampudo, enferma de mierda!”, rugió victorioso desde arriba.
Por primera vez se sentía realmente superior, poderoso, fuerte, gozoso de su hombría.
Tan complacido estaba, que tardó en percatarse de que por las maderas del suelo corría un hilo de sangre que provenía de la frente de ella que, si bien no estaba inconsciente, estaba mal.
Se desesperó y la tomó en brazos.
“Te llevo al hospital ya, amor mío”, le dijo al oído.
“Estoy sucia de tierra, sangre y semen, te van a inculpar. Llevame a casa”
Las fotos de boda que decoraban el clásico living burgués parecían somnolientas ante el ruido de agua corriendo que salía del baño. Era casi como un susurro que arrullaba todo el hogar y regalaba un poco de coherencia luego de tanta locura.
El, como perro lamiendo una herida, le pasaba pacientemente la esponja por la frente, tratando de hacer aparecer alguna imagen que lo llevara a la tarde en que vio por primera vez a su esposa. Pero era inútil, todo lo conocido se agazapaba detrás del negro del rimel corrido y el púrpura de los moretones a conciencia.
“Tenemos que dejar de hacer esto, mi vida. No va a terminar bien, no puede terminar bien”, dijo él suplicando asentimiento.
Pero ella no contestó. Sonriendo levemente, le sacó la esponja de la mano y lo besó con un amor tan infinito que le heló la sangre.
Seguramente ambos pensaron que, solo por vivir ese instante, cualquier cosa valía la pena.
Etiquetas: un cuento
En épocas lejanas, entregar el preciado tesoro que tenemos entre las piernas era la gran cosa. Tanto, que cuando un tipo conseguía ver uno en primer plano, iba corriendo a contárselo a sus amigos.
Después, vino el sexo oral. En aquellos dulces años, las mujeres que accedían a chuparla eran muy codiciadas porque hacían algo que pocas hacían.
Y así fue durante algunos años, hasta que llegó Woodstock y… si, adivinaron el pete se devaluó también. Eso quiere decir que, todo bien con hacerlo, pero tampoco te creas que te van a hacer un monumento por eso.
Pero a no llorar, niñas, porque todavía nos queda una gema que llevamos atriqui y que debemos cuidar mucho.
Debemos hacer todo lo posible para que el orto siga teniendo el valor que tiene ahora por unos cuantos años más (las generaciones venideras que se inventen algo).
Debemos estar muy unidas en esta cruzada por la conservación del valor de nuestra puerta trasera para que la misma sea algo difícil de conseguir tanto en casa como por ahí.
Ojo, no estoy a favor de no entregarlo.
Pero que se lo ganen, que joder. Tenemos que hacer que los tipos suden la gota gorda para conseguirlo.
Que te compren cositas, que te lleven de vacaciones a playas paradisíacas, que sufran, que pidan por favor, que se casen, que pongan la casa y el auto a tu nombre, que internen a la vieja en un asilo, y todos los deseos que a una se le ocurran.
Y después que lo entregues, tampoco que sea cosa de todos los días. Dejalo que agarre bien el gustito y después sacáselo de nuevo por un tiempo. Y así lo vas llevando hasta que consigas todo lo que quieras.
Ya sé que no es lo ideal porque a nosotras bien que nos gusta también.
Pero bueno, con algo hay que agarrarlos.
Fijate que me fui expresamente al Shopping Punta Carretas (porque se supone que ahí hay de todo) a comprarme dos cosas: una mascara de pestañas nueva que recién salió y el disco de los Cadillacs.
Perfumería Todo (una ironía, claro). Entro y voy derecho a la promotora de la marca.
-¿Tenés la mascara de pestañas tal?
-Si (y me muestra otra que nada que ver)
-No esa no es, esa salió hace un año… yo te digo la nueva.
-¿Cual nueva?
-Esa que se llama bla bla bla y que salió en enero y que es así y asá… bla bla bla.
-Ahhh, no la conozco, pero te puedo ofrecer tal y tal.
-No, dejá, te doy tiempo para que te asesores de los productos que VOS vendes y después vuelvo.
Disquería Yenny. Entro y voy derecho al vendedor debidamente identificado.
-Tenés el último de los Cadillacs?
-¿Cómo se llama?
-La Luz del ritmo ... como dice el tremendo poster que tenés en la entrada
-Ahhhhh (poniendo cara de boludo), dejame ver en la computadora (era una pc de mierda pero el tipo la miraba como si fuera la madre nodriza)
La computadora dice que tengo que tener uno, pero no lo veo acá.
¡Che Fulano!, ¿vos sabes si hay uno de los cádiya, los reyes del ritmo o algo así? En la computadora dice que hay uno
-Ni te calientes que la computadora tira cualquier cosa, dice Fulano. Está agotado.
Tenía ganas de decirles que pararan de hablar como si yo no estuviese ahí, pero opté por irme.
Palacio de la Música. Entro y voy derecho a un tipo que estaba parado ahí y que parecía que era el vendedor.
-Tenés el último de los Cadillacs?
-Sí claro (y me muestra el “Chau”)
-Y Chau le digo yo
A ver quien me explica en que momento dejamos de ser La Suiza de America para pasar a ser La Cuba de America.
Me revienta querer comprar un producto recién lanzado y que no haya por ningún lado, o que te digan “se agotó” cuando evidentemente nunca tuvieron, o que te atiendan vendedores que no tienen idea de lo que están ofreciendo.
Todos sabemos que cliente JAMÁS debe conocer más sobre un artículo que el propio vendedor. Lamentablemente, en Uruguay pasa justamente eso con las cosas que recién salen al mercado. Y me calienta muchísimo.
Si voy a comprar música, quiero que me atienda alguien que conozca lo que vende. No digo un super freak experimentado, pero si alguien que esté al tanto de los últimos lanzamientos y no me mire con cara de idiota cuando le pregunto sobre el último de los Cadillacs.
Si voy a comprar maquillaje quiero que haya una mina que se exprese con propiedad sobre sus productos, no una tetona infradotada puesta al azar que solo esta para despacharte lo que vos le pedís. Para eso voy y agarro las cosas yo solita, sin ayuda de nadie.
Otra que me pasó en enero: voy a comprar la BLa (revista uruguaya) y me dijeron que no había porque las revistas argentinas nunca se sabe cuando llegan porque a veces el barco se atrasa.
Me molesta querer consumir y no poder.
Porque sí, soy una consumista de mierda que quiere comprar todo lo que recién sale. Ya sea yogur, discos, maquillaje, queso magro o baño de crema de semen de cangrejo. Si lo quiero tener, lo quiero tener YA.
Para pasar bien acá la única es acostumbrarse al “no hay” y al “se agotó”.
Lástima que a mi lo que se me agotó es la paciencia.





